martes, 27 de enero de 2009

En el estudio de Elisa


El canto primero del Purgatorio de la Divina Commedia da al lector una sensación de liberación, de aire y de luz, al salir del Infierno.

Dolce color d’oriental zaffiro
che s’accoglieva nel sereno aspetto
del mezzo, puro insino al primo giro,

alli occhi miei ricomincio diletto,
tosto ch’io usci’fuor dell’aura morta
che m’avea contristati li occhi e’l petto.[i]

Atravesamos la nave del horno antiguo, centenares de metros de vagonetas cargadas de piezas. Con el calor reverberante de las paredes refractarias. Con las llamas visibles desde las portillas. Con el ensordecedor silbido del gas saliendo de los quemadores. Con el aroma de las rocas cociéndose. Subimos una escalera estrecha, oscura y torcida, que cruza por un agujero el techo forjado de piezas cerámicas. Siguen ascendiendo los escalones hasta una puerta cerrada.
Al abrirla, cambian el clima, la luz, las imágenes y las voces, como cuando Dante, guiado por Virgilio, sale del Infierno por un agujero y llega al oasis cristalino y luminoso de su poema. Lo confirma el hecho de que lo primero que encontramos es una montaña de cristales de ámbar y un montaje de esferas celestes. Aquí, en el estudio de Elisa, se acumulan treinta años de investigación escultórica. Empezando por el final, la última: Una surrealista botella de cubitos para coca-cola. Contemplarla es como el lavarse la cara Dante a las orillas del Purgatorio para quitarse el azufre.
—Pero ¿cuál fue el principio? —me intereso.
—Elisa —responde Ramón— se puso a trabajar en el laboratorio de investigación.
—Yo soy el padre y Ramón es la madre de la reconversión de la fábrica de arcilla a cerámica —insiste Elisa—. Cuando empezamos, sobre cerámica artística sólo había el libro de Llorenç Artigas. Eran unos alquimistas; las fórmulas eran secretas. Tú decías que vendías el fango a veinte céntimos y que esto lo podrías vender a dos pesetas.
—¿Qué era “esto”? —pregunto.
—Lo primero —narra Elisa— fueron grandes murales. Con Poldo hice muchos: el del colegio de Lleida, el de la clínica del Pilar en Barcelona, el de la capilla del Hospital Clínic. Esto fue el principio: combinación de dibujos y baldosas. Luego pasamos a fabricar muñecas y pequeños objetos de cerámica.
—En tu generación, no era usual que la mujer de un empresario trabajase.
—Ramón nunca me ha dejado sentirme “la señora de Sugrañes”. Me facilita los viajes a Miami o a Nueva York para mi carrera artística. Es muy poco propietario. Hablar como pareja es difícil, pero me ha enseñado, por ejemplo, a ver en las personas no lo que dicen, sino cómo actúan y las consecuencias de sus acciones. Empecé a trabajar porque, teniendo cuatro hijas, no quería que, al identificarse conmigo, lo hicieran con una mujer que se recluye en la cocina. Y conste que me encanta cocinar. Si hubiera tenido hijos sólo varones, quizá me hubiera dedicado profesionalmente.
Suena música barroca por los altavoces estratégicamente distribuidos, que invitan a dar una vuelta por el estudio. ¿Serán las esculturas de Elisa, como Chillida decía de las suyas, “música congelada”? Pasamos junto al montaje Els emigrants, de tamaño tal que sólo cabe en una galería muy grande; y junto al de una bomba en un mercado de Bosnia. Más allá, la Santa cena, con sus trece comensales, y la Biblioteca Pompeu Fabra, donde los libros son de hierro, para que no se puedan quemar como en la película Fahrenheit 451, la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde, según la novela de Ray Bradbury llevada al cine.
—¿Cuándo pasaste de la cerámica al hierro, Elisa?
—La cerámica llegó a ser una normalidad. Me gusta pensar, dar un sentido a cada obra y tienes que conservar la cabeza muy serena para no comenzar a hacer “florecitas”. Más vale hacer las esculturas de hierro y darles un sentido, aunque la gente después no lo encuentre.
—No se parecen a las de Chillida —observo—, con sus volúmenes férreos retorciéndose. Son más bien un “abrirse”, unas cuñas que separan los planos de hierro.
—Cada obra tiene un sentimiento detrás.
Nos topamos con la serie Tierra y papel, construida con las últimas linotipias de La Vanguardia, recogidas cuando cambiaron el sistema de impresión. Entramos en el almacén de las viejas piezas de cerámica, desde las primeras muñecas hasta unos cubos en que la artista ha levantado una esquina que permite responder a la pregunta ¿cómo es la piel interior de un cubo? Es la cuestión que agobiaba recurrente las noches de invierno de un estudiante de geometría tridimensional capaz de imaginar que los cuerpos perfectos tienen alma, que dentro de cada figura hay un universo fractal y hermético, inexplorado e inexplorable, envuelto y clausurado por las caras abstractas de sus planas superficies exteriores. Pues bien, Elisa ha levantado la piel de una esquina del cubo con la facilidad con que se abre la tapa de un yogur y ha descubierto que esta piel tiene por el otro lado unos pinchos de cerámica.
—No es agresivo, sino defensivo —aclara—. Me lo dijo una crítica de arte.
Llegamos a unas grandes cerámicas que parecen quemadas, agredidas.
—Esto tiene que ver con la muerte —intuyo.
—Sí. La cerámica es la transformación —dice Ramón—. Es transformar la materia.
—Es la vida eterna. La muerte es el fuego transformador. La arcilla de esta vida adquiere la forma definitiva que durará por siempre.
—Primero quemé la madera —explica Elisa—. Y puse las cenizas. Yo sabía que las cenizas se transforman en material muy duro, de gran calidad, inmortal.
—Hace alquimia —sonríe Ramón—. Combinaciones de materiales para buscar otros nuevos. Transformaciones de uno en otro.
—Él es mi patrocinador— declara Elisa—. Y mi mejor cliente. Doy gracias a Dios, porque, para mí, la creación es todo. Ahora bien, está lo de los cèntims[ii], que dice Ramón.
—Pero Elisa —inquiero—, no se pueden comparar los cèntims a la creación artística. Además, lo que haces no se puede pagar con dinero.
—Otra se aburriría. Yo no me aburro nunca. A veces pienso que es una supervivencia. Todo podría ser un espíritu primitivo de supervivencia.
—La cerámica artística se tuvo que dejar —explica Ramón—. Vendimos la marca y la maquinaria a los directivos y las fábricas evolucionaron hacia el gres. Animé mucho a Elisa a dedicarse a la escultura de hierro.
—Sirvió a los muchachos del padre Mauri.
—¿El padre Mauri?
—El padre Mauri había recogido chicos de la calle y los reunió en un terreno que le regalaron en Collserola. Era el Hogar Juan XXIII. Daban las clases en unos barracones de madera que habían donado los suizos para las inundaciones del Vallès y que le cedieron cuando ya los iban a quemar. Luego, entre mi padre y Ramón les construyeron un edificio de obra.
—¿Pero venían aquí?
—Aquí venían cuatro a aprender cerámica artística. Les pagaba un sueldo y se lo ingresaba en la caja de ahorros. La idea es que montaran un taller. Me acuerdo cuando fuimos a visitar una fábrica en Valencia. Les dije: “lo más importante es la tierra”. Pues bien, sin que nunca nos separáramos ni nadie se diera cuenta, al acabar el recorrido tenían muestras de todas las tierras que usaban en la fábrica.
—Eran unos pilletes —sonríe Ramón—. Explica lo del estudio de Cerdanyola.
—¡Ah, sí! Venían a estar aquí. Chatilla, me decía el padre Mauri, “venimos quince a comer”. Así que montamos un entresuelo dentro del pueblo para que se encontraran a gusto. Se organizaban y no me causaban ningún trabajo. Pero duró muy poco. Una noche, el padre Mauri entró en la cocina y me dio dos besos. Se despedía. Le habían diagnosticado un cáncer de hígado.
Ramón también se despide y Elisa y yo nos sentamos en un amplio tresillo, junto a un piano viejo.
—Donde mis hijas aprendieron a tocar —suspira Elisa—. Es por sí mismo una escultura. Me gusta.
—A veces —se ríe Ramón mientras sale de escena— creo que tiene vocación de trapera.
Sobre la mesa, hay esparcidas pinturas naïf.
—Quiero hacer un libro. Son de mi padre. Comenzó a pintar a los setenta y cinco años.
—En esta vida, nunca se es mayor para empezar. Y de la pareja, ¿qué opinas?
—El hombre, en definitiva, es como un niño. El hombre necesita siempre una madre. Ahora, la mujer, la esposa, ha renunciado a ser madre de su marido. Y el hombre tendrá que aprender a no ser un niño.
—Parece una broma, pero los últimos descubrimientos del genoma humano apuntan a que la inteligencia se transmite a través de las madres. Si las mujeres listas no se casan y sólo se reproducen las tontas, la raza se puede perder. En fin, es broma. ¿Has llegado a conocer a Ramón, Elisa?
—Creo que sí. Por fuera, es fuerte. Su grandeza no consiste en no tener miedo, celos o cualquier otra pasión, sino en superarlas. Lucha por ser bueno y esta lucha es su grandeza. Como todos los humanos, alberga en sí mismo todas las debilidades, las cosas peores que todos tenemos, pero las supera guerreando contra sí mismo. Yo, que vivo con él, he asistido a esta lucha y a cómo sale adelante.
>>Siempre ha tenido más fuerza que yo, pero nunca me he sentido humillada. Siempre ha guardado una gran ternura. Ha luchado contra sí mismo, ha vencido sus flaquezas, con una lucha a muerte contra sí mismo. Por eso, con el paso de los años, he conservado la ternura con él, aunque alguna vez nos hayamos dicho de todo.
—Pero estaréis de acuerdo en muchas cosas.
—En cosas fundamentales, hemos actuado de acuerdo, por ejemplo en la educación de los hijos: disciplinada y exigente. Yo representaba el papel suave, pero siempre de acuerdo con él.
—¿Cómo es casarse con un empresario?
—El empresario es una persona obsesiva por definición. Ramón tuvo una infancia muy dura. Por eso le tengo tanta ternura. De pequeño leía las biografías de los líderes antiguos: Alejandro Magno, Santa Teresa de Jesús. Las biografías fueron sus maestros.
—Mujer, leer El Criterio de Balmes en la adolescencia en los altiplanos de la alta Segarra, tiene su mérito.
—Es como si fuera una persona antigua, puesta aquí. Aunque la mente del empresario es especial, imagina cosas y hasta se enfada cuando quieres hacerle feliz. Si no hubiera visto que tiene unos valores, que las decisiones son nobles... Ramón me ha enseñado muchas cosas: A ser fuerte, a amar, a descubrir a los demás, a tener un gran respeto por los demás. Por ejemplo, una vez hubo un robo en la fábrica. Un empleado se llevó unos millones. Ramón no despidió al responsable de aquello. Es así. Le gritó, pero no le despidió.
—¿Qué ocurre cuando llega la vejez?
—La vejez es como un respeto mutuo. Por una parte, soy tan rica interiormente que no necesito nada más. Por otra, nos lo perdonamos todo mutuamente. Mientras viva, le seré fiel, respetaré a la persona que ha entrado en mi vida.

[i] El azul, purísimo como de zafiro oriental, dilatándose por el aire claro y transparente hasta el horizonte, renovó el gozo en mis ojos apenas salí de la atmósfera muerta que había entristecido mi mirada y mi pecho.
[ii] Dinero.

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